A medida que transcurrían las civilizaciones, el colchón
se amoldó a las costumbres de cada cultura. De esta manera, en Egipto
la situación del colchón era un símbolo de la posición
social, es decir, mientras el faraón colocaba su colchón en altura
mediante un armazón de madera para evitar las corrientes de aire, la
gente común dormía en cualquier rincón y en un simple colchón
con un escalón para apoyar la cabeza.
La llegada de la cultura griega supuso un atraso respecto a la evolución del colchón, pues en sus ansias de primar la belleza a la comodidad, los lechos griegos eran terriblemente duros. Los griegos obviaron el concepto de colchón y fabricaban piezas de descanso con madera, piedra o mármol. Para aminorar la incomodidad de la base ante la falta de colchón, los griegos colocaban telas que hacían las veces de almohadas.
Sin embargo, en la época romana se recuperó la figura del colchón y, además, se mejoró notablemente. Como relleno de este colchón se añadió, en principio paja y después lana y finas plumas de ave, con las que también se rellenaban cojines y almohadas. De esta época destaca el uso del colchón como punto de reunión. El colchón servía para dormir por la noche, reclinarse o recibir visitas durante el día y tumbarse en él mientras se comía. De esta manera, grandes personajes de la Historia Antigua como Alejandro Magno o Julio César tomaron sus decisiones más importantes sobre un colchón. Una costumbre curiosa de esta época era descansar sobre una cuna de agua templada antes de pasar al colchón.
